Intenta que coman juntos a lo largo de la semana. Durante este tiempo es importante no tener otras distracciones, como pueden ser la televisión, libros, el radio…
Aquí cada miembro de la familia comparte con el resto lo que sucedió en su día, lo que más le agradó y lo que menos le gustó de éste. Escucha lo que tu hijo te cuente, felicítalo y aliéntalo. También es una oportunidad para que tu pequeño conozca tus experiencias y las actividades diarias que realizas.
A nivel científico se ha comprobado que cuando comienza la digestión,se liberan hormonas que además de ayudar a digerir nuestros alimentos, generan en nuestro cerebro (a nivel subconsciente), una sensación de serenidad y calma.
La plenitud es buena para nuestras relaciones interpersonales, ya que tenemos una actitud más positiva hacia nuestro entorno. Así, el comer con tu hijo favorece el reforzar sus vínculos, explorar y profundizar su relación.
El tiempo pasa volando; de pronto tu niño ya es grande y ya no necesita de mamá. Aprovecha estos momentos y bríndale a tu hijo lo mejor que tienes, el amor. De esta manera, tendrá las herramientas para crecer fuerte y seguro de si mismo… pero más importante, lo que necesita para crecer feliz.
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